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miércoles, 12 de septiembre de 2012

La Oración. Saint-Martin


“Está escrito: Mi Casa será Casa de oración.
¡Pero vosotros la habéis hecho cueva de bandidos!”
Lc 19:46, Mc 11:17, Mt 21:13

“La oración ferviente del justo tiene mucho poder”
St 5:16
 “Si la naturaleza es como la iniciación de todas las religiones, 
la oración sería como la consumación, 
puesto que las contiene a todas”
Obras póstumas, La Oración

"...siendo la oración para su Ser intelectual 
[ser espiritual del hombre]
lo que la respiración es para su cuerpo".
[CN, IX] 
La oración es la principal religión del hombre porque es la que une nuestro corazón a nuestro espíritu; y esto ocurre porque nuestro corazón y nuestro espíritu no están ligados al cometer tantas imprudencias, viviendo en medio de tantas tinieblas e ilusiones. Cuando, al contrario, se unen nuestro espíritu y nuestro corazón, Dios se une naturalmente a nosotros, puesto que nos ha dicho que cuando nos reunamos en su nombre, estará entre nosotros, y entonces podremos decir, como el Reparador: Dios mío, sé que me complaces siempre”.
Obras póstumas, La Oración

La oración es el verdadero alimento del alma, es de aquí de donde se activan todas sus facultades, es también el lugar de donde retira sus mayores fortalezas y toda la evidencia de la luz”.
Continuación de las instrucciones sobre el otro plano


“¿Dónde encontraré una idea justa de la oración y de los efectos que puede producir? Es mi único recurso, mi único deber, mi única obra en esta región tenebrosa y en este miserable teatro de expiación.
Puede purificar y santificar mis vestiduras, mis alimentos, mis posesiones, las materias de mis sacrificios, todos los actos y todas las ataduras de mi ser.
Por mi oración, puedo alcanzar hasta las esferas superiores, cuyas esferas visibles no son más que imágenes imperfectas.
Más aún, si aparece delante de mí un hombre cuyos discursos o defectos me afligen, puedo, por la oración, retomar interés por él, en lugar de la antipatía que me había causado.
Podré obtener, por mi oración, que el impío se vuelva religioso, que el hombre colérico se haga manso y el insensible se llene de caridad. Puedo, por ella, resucitar la virtud por todas partes.
A través de mi oración, conseguiré descender a los lugares de tinieblas y de dolor, y llevar hasta allí algún alivio. ¿No fue la oración lo que en otro tiempo  levantó al cojo, hizo ver al ciego y oír al sordo? ¿No fue la que resucitó muertos?
Debo esperar todo de Dios, sin duda; pero esperar todo de Dios no es permanecer en la apatía y en la quietud.  Es  implorarle, por mi actividad y por las dolencias secretas de mi alma, hasta que, estando libre mi lengua, pueda suplicarle con sonidos armoniosos y cánticos.
Por la fuerza y la perseverancia en mi oración, obtendré, o la convicción exterior, que es el testimonio, o la convicción interior, que es la fe. He ahí por qué los sabios dijeron que la oración era una recompensa.
El secreto del progreso del hombre consiste en su oración; el secreto de su oración, en la preparación; el secreto de la preparación, en una conducta pura.
El secreto de una conducta pura está en el temor de Dios;  el secreto del temor de Dios, en su amor, porque el amor es el principio y la sede de todos los secretos, de todas las oraciones y de todas las virtudes.
¿No fue el amor el que profirió las dos oraciones más grandiosas que fueron comunicadas al hombre? ¿La que Moisés escuchó sobre la montaña, y la que Cristo pronunció delante de sus discípulos y del pueblo reunido?” [HD 101]

No es por la repetición de las palabras de la oración por lo que el hombre nuevo ha llegado a esta unión con el espíritu, sino por el fuego interior de su ser, que se ha inflamado y ha difundido alrededor de él una luz parecida a aquella de la que ha tomado en su origen. La ley de la afinidad ha hecho todo lo demás y ni siquiera ese fuego de su ser interior se ha encendido nada más que por el suave soplo de la sabiduría, que solo pretende dar a cada cosa sus propiedades. […]

Ese es, pues, el suave soplo de esta sabiduría que va a desarrollar en el hombre nuevo su verdadera oración, que es la acción natural de su ser, pues esa oración no debe tener más finalidad que mantener en el hombre el orden, la seguridad, la medida. Debe hacer que el enemigo esté siempre fuera de lugar, que el corazón del hombre beba siempre en las fuentes de aguas vivas y su pensamiento sea como un foco en el que se unen las luces Divinas, para reflejarse después con más fulgor. Como éstas son las facultades primitivas del hombre, cuando llegan a alcanzar la meta a la que están destinadas, el hombre está realmente en su oración o, mejor dicho, el hombre está entonces realmente en la oración y en el sacrificio del aroma más agradable que pueda recibir el Señor. Pero ¿dónde está el que se ha convertido de verdad en una oración y en un sacrificio del aroma más agradable para el Señor? […]

En cuanto al hombre nuevo, se ha convertido en realidad en una oración activa, con lo que sus facultades han recuperado los derechos de su destino original. Ha dicho: «invocaré a Dios en el nombre del reparador, invocaré al reparador en el nombre del cumplimiento de la ley, invocaré al cumplimiento de la ley en el nombre de la fe, invocaré a la fe en el nombre de mis obras y de la constancia de mis santas resoluciones». Estos son los cuatro ríos que este hombre nuevo ha encontrado en él. […]

Nunca insistiríamos bastante en que no ha sido con la repetición de las palabras de la oración con lo que el hombre nuevo ha llegado a llenarse de estas tranquilas inteligencias que difunden alrededor de ellas la calma y el reposo. Lo ha hecho recogiendo con cuidado todo el fuego de su ser interior que ve que se eleva como una llama pura, viva y ligera que purifica el aire y lo agita suavemente, haciendo que exhale un viento refrescante".  [HN 49]
“Trata, por tanto, de despojarte de todos estos impedimentos que te retienen en las tinieblas, vuelve, con tus trabajos y tus constantes oraciones, a tu sencillez original. Oirás que se pronuncia dentro de ti esta palabra: santo, santo, santo…” [HN 17]

“Levántate, hombre, todos los días antes de amanecer, para acelerar tu obra. Es una vergüenza para ti que tu incienso diario sólo levante su humo después de salir el sol. No es el alba de la luz la que debería invitar a tu oración para que venga a rendir homenaje al Dios de los seres y a pedir sus misericordias, sino que es tu oración la que debería llamar al alba de la luz y hacer que brille en tu obra, para que, acto seguido, pudieses verterla desde lo alto de este oriente celeste sobre las naciones dormidas en su inactividad y sacarlas de sus tinieblas”. [HN 8]

sábado, 1 de septiembre de 2012

Cómo encontrar lo que hemos perdido. Jacob Böhme


“Al abrirse, tus palabras iluminan
dando inteligencia a los sencillos”
Sal 119(118):130

“Yo te bendigo, Padre, señor del cielo y de la tierra,
porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes,
y se las has revelado a pequeños”
Lc 10:21, Mt 11:25
Extracto de:
De la Triple vida del hombre,
según el misterio de los tres principios de la manifestación divina,
Capítulo VII,
Jacob Böhme.
Traducido del alemán al francés en 1793 desde la edición de 1682
por Louis-Claude de Saint-Martin, el Filósofo Desconocido,
París, Migneret, 1809.
 
1. En particular, se nos imponen otros hombres en este mundo para buscar de nuevo lo que hemos perdido. Ahora bien, si queremos encontrar, no tenemos que buscar fuera de nosotros mismos.

2. No necesitamos ninguna adulación ni malabaristas que nos animen y nos prometan raudales de oro para que solamente deseemos seguirles y hacerles brillar.

3. Y a pesar de que toda mi vida he asistido y escuchado sermones, y siempre escuché cantar y razonar sobre el cielo y el nuevo renacimiento, siempre me quedé insatisfecho y en ninguna ocasión me sentí más avanzado.

4. Cuando se lanza una piedra al agua y se la retira, sigue siendo una piedra tan dura como antes, y mantiene su forma; pero si se la arroja al fuego, entonces adquiere una nueva forma en sí misma.

5. Así, lo mismo ocurre contigo, hombre, incluso cuando frecuentas la iglesia y querrías ser visto como un ministro de Cristo; esto no basta en absoluto. Si no es suficiente, sigues igual que antes.

6. No es suficiente que aprendas todos los libros de memoria, y aun cuando dedicaras los días y los años a la lectura de todas las escrituras y supieses la Biblia de memoria, no eres mejor ante Dios que un porquero, que durante todo ese tiempo cuidó de los cerdos, ni que un pobre prisionero en la oscuridad que, durante todo ese tiempo, no vio la luz del día.

7. Es inútil hablar, o que sepas mucho acerca de Dios, si desprecias la simplicidad, como hacen los hipócritas de la bestia del Anticristo, que defienden la luz ante aquellos que ven como si esta estuviese en sus manos. Aquí se aplica lo que Cristo dijo: A menos que os convirtáis y os hagáis como niños, no veréis el reino de los cielos para siempre [Lc 18:17, Mc 10:15]. Os es necesario nacer de nuevo si queréis ver el reino de Dios. Este es el verdadero objetivo.

8. Aquí el arte y la elocuencia no sirven para nada, no hay necesidad de libros o de industria; en esto un pastor es tan hábil como un médico, y con frecuencia mucho más. A medida que fluye, en lugar de su propia razón, la misericordia de Dios, no tiene una gran dosis de sabia razón; es por lo que no suele consultarse por esta vía, sino que va simplemente como el pobre publicano al Templo de Cristo, en tanto que el sabio pone ante sí en primer lugar una academia, y examina previamente el espíritu con el que entrará en el templo de Cristo. Consulta ante todo la opinión de los hombres; ¿vas a buscar a Dios a través de alguna opinión? Una es la opinión del Papa, otra la de Lutero, una tercera la de Calvino, una cuarta la de Schwenckfelds, etc. Las opiniones no terminan nunca.

9. Así la pobre alma queda en la duda fuera del templo de Cristo; golpea, busca, y duda cada vez más de que esté en el verdadero camino.

10. ¡Oh tú, alma perdida en Babel!, ¿qué estás haciendo? Aléjate de todas las opiniones, cualquiera que sea el nombre que lleven en este mundo. Solo son una batalla de la razón.

11. No se encuentra el nuevo renacimiento ni la noble piedra en la batalla, ni en ninguna sabiduría de la razón; debes dejar de lado todo lo que es de este mundo, por muy brillante que sea, y entrar en ti mismo, no hacer otra cosa que amontonar tus pecados en los que estás envenenado, arrojarlos a la misericordia de Dios y elevarte hacia Dios, solicitándole que los olvide y que te ilumine con su espíritu.

12. No hay necesidad de discutir mucho tiempo, sólo de ser firme; pues el cielo debe partirse y temblar el infierno, y esto también llega. Debes lanzar ahí dentro todos tus pensamientos con tu razón, y todo lo que venga a ti por este camino, a fin de que no desees dejarle (a Dios), a menos que te bendiga como a Jacob, que luchó así con Dios toda la noche. Incluso cuando tu conciencia diga no, Dios no quiere nada de ti. (Di): Yo quiero ser suyo, no le seré infiel, hasta que me lleve a la tumba. Que mi voluntad sea la tuya, yo quiero lo que tú quieras, Señor; y aunque todos los demonios te rodeen y digan, detente, bastará para que digas: No, mis pensamientos y mi voluntad no se separarán nunca de Dios, deben estar eternamente en Dios; su amor es más grande que todos mis pecados. Si el diablo y el mundo tienen su cuerpo mortal como prisión, yo tengo en mí al Salvador y Regenerador de mi alma: él me dará un cuerpo celeste que permanecerá para siempre.

13. Prueba solamente con esto y encontrarás maravillas, pronto recibirás a uno en ti que te ayudará a luchar, a combatir y a orar; y aunque no puedas decir muchas palabras, pues no consiste en ello la cosa, que al menos puedas decir las palabras del publicano: ¡Oh Dios!, ¡ten compasión de mí, que soy pecador! [Lc 18:13]. Pero cuando tu voluntad, con toda tu razón y tus pensamientos, sea depositada en Dios, no te separes de él hasta que el alma se separe del cuerpo; entonces poseerás a Dios, te abrirás camino a través de la muerte, del infierno y del cielo, y entrarás en el templo de Cristo, a pesar de todos los demonios. La ira de Dios no podrá detenerte, por grande y poderosa que sea en ti; aun cuando el cuerpo y el alma ardan en la cólera, y estén en medio del infierno entre todos los demonios. Aún así tú podrás salir de allí y venir al templo de Cristo, donde recibirás la corona de perlas unida a la noble y digna piedra, la piedra angular de los filósofos.

14. Pero sabe que el reino de los cielos está también sembrado en ti, y es pequeño como un grano de mostaza. Recibe este gran gozo de la corona angélica, pero ten cuidado, no lo apoyes sobre el viejo Adán, porque será tanto tuyo como de Adán. Cuida lo que tienes. Sufrir de necesidad es un mal anfitrión.

15. De una pequeña rama deviene al final un árbol, si es plantada en un campo hermoso. Algunos vientos fríos y ásperos se balancearán sobre la rama mientras se convierte en árbol, pues aún es débil. Deberás ser expuesto al árbol de la tentación, y también al desprecio en el desierto de este mundo; si no la apoyas, nada obtienes. Si arrancas tu rama, haces como Adán, dificultando la cosa aún más que la primera vez, sin embargo, ella crecerá en el jardín de las rosas, a espaldas del viejo Adán. Pues ha pasado mucho tiempo desde Adán hasta la humanidad de Cristo, en la cual el árbol de las perlas ha crecido secretamente sobre el velo de Moisés y, sin embargo, se convirtió en árbol a su tiempo, con hermosos frutos.

16. Así es que si has caído y has perdido la hermosa corona, no te desesperes; busca, golpea, vuelve a empezar y haz como antes, y sentirás de qué espíritu esta mano ha escrito. A continuación recibirás un árbol en lugar de una rama, y ​​dirás: ¿Mi rama se ha convertido en árbol durante mi sueño? Entonces reconocerás en primer lugar la piedra de los filósofos. Anota esto.

sábado, 25 de agosto de 2012

La Unidad del Hombre de Deseo. Saint-Martin


“…hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo. […]
…siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta a Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor”
Ef 4:13 y 15-16

Como imágenes de la unidad universal, debemos establecer en nosotros unidades de un modo universal, si queremos hacer progresos en la educación del hombre nuevo, pues, tanto en nuestra obra general como en todas nuestras obras particulares, no conseguiremos nada permanente, no produciremos nada perfecto, no disfrutaremos de ninguna paz, de ninguna luz real, si todo lo que conseguimos, todo lo que producimos, todo lo que disfrutamos no es fruto y resultado de una unidad. Éste es, tal vez, el mejor consejo que podríamos recibir en este bajo mundo.

La principal unidad que deberíamos tratar de establecer en nosotros es la unidad de deseo, por la cual el ardor de nuestra regeneración se convierte para nosotros en una pasión tan dominante que absorbe todos nuestros apegos y nos arrastra, a nuestro pesar, de tal manera que todos nuestros pensamientos, todos nuestros actos, todos nuestros movimientos están constantemente subordinados a esta pasión dominante. De esta unidad fundamental veremos brotar una multitud de unidades más, que deben regirnos con el mismo dominio, cada una de ellas según su clase, o, por decirlo mejor, todas estas unidades distintas están tan vinculadas unas con otras que se suceden y se apoyan mutuamente, sin que jamás resulten extrañas entre sí.

Por tanto, unidad en el amor, unidad en la obra de la penitencia, unidad en la humildad, unidad en la valentía, unidad en la caridad, unidad en el desprendimiento del espíritu de la tierra, unidad en la resignación, unidad en la paciencia, unidad en la sumisión a la voluntad suprema, unidad en el cuidado de revestirnos con el espíritu de la verdad, unidad en la esperanza de recuperar los bienes que hemos perdido, unidad en la fe en que nuestra voluntad, purificada y unida a la de Dios, debe tener su realización a partir de este momento, unidad en la determinación de disipar las tinieblas de la ignorancia con las que nos envuelve nuestra permanencia, unidad en la vigilancia, unidad en la constancia para la oración, unidad en el estudio continuo de las sagradas escrituras y, finalmente, unidad en todo lo que consideremos correcto para que nos purifiquemos, para que nos resulte más soportable este bajo mundo y para que avancemos en nuestro reino, que es el reino del espíritu y el reino de Dios. Esa es la ley que debemos imponemos.

Aunque estas unidades distintas estén íntimamente vinculadas entre sí y pertenezcan a la misma raíz, no se puede decir que deban actuar todas a la vez. Sólo en Dios se encuentran todas las unidades apacibles y temperadas, en una actividad perpetua y común, porque sólo Él es la unidad verdadera y radical.

Pero debemos aferramos, con una actividad total, a aquella de nuestras unidades que se presente a nosotros en un momento dado, si queremos sacar de ella los beneficios que quiere facilitarnos. No debemos desistir hasta que sintamos que esta unidad ha marcado en nosotros su carácter esencial y ha transformado en unidad efectiva la facultad nuestra en la que ha venido a influir.

No podemos, en modo alguno, equivocarnos en este tema ni imponernos nada a nosotros mismos, porque, tanto en las obras como en la adquisición de las luces y en la práctica de las virtudes, tenemos una unidad interior a la que todas nuestras distintas unidades deben adaptarse y que, como un fluido interno, nos da el asentimiento a nuestros logros buenos o malos. Añadamos a esto, de antemano, que esta unidad interior que hay en nosotros nos da la sanción de nuestros actos buenos o malos en la marcha de nuestras diversas unidades, por la razón de que está vinculada con la unidad suprema universal. Es, por tanto, nuestra unidad interior la que se erige en árbitro de nuestras unidades parciales y hace que nos demos cuenta de si han alcanzado su plenitud. […]

Dios supremo, ¡cómo podríamos jactarnos de que, en el estado de oprobio e iniquidad en que nos consumimos, pudiésemos habitar en ti y tú te dignases habitar en nosotros! ¿Cómo podría unirse tu unidad universal a unidades tan incompletas como las que se manifiestan todos los días en el hombre? Más aún. ¿Cómo podría unirse a números cuya irregularidad es tan evidente?

No tengamos ningún miedo a decirlo: es un favor de esta sabiduría divina que suspenda así su unión con nosotros y retrase el momento de levantar el velo del templo, hasta que seamos más fuertes para soportar el brillo de su luz, ya que no sólo nos cegaría, sino que hasta podría hacer que perdiésemos la vista". [HN 21]

Trabajemos sin descanso para que la unidad de nuestra fe sea capaz de mover las montañas, para que la unidad de nuestro desprendimiento se haga insensible a las privaciones, para que la unidad de nuestra caridad nos ponga en condiciones de arder y de dar nuestra vida por nuestros hermanos, para que la unidad de nuestra valentía nos dé los medios de subyugar todo lo que es materia, lucha en la que tenemos tan buen papel, ya que la materia es indiferente y toma todas las formas que queramos darle. Finalmente, pongamos en práctica continuamente todas las unidades de nuestras virtudes y de nuestros dones espirituales y no dudemos que, cuando hayan alcanzado una medida aprobada por la sabiduría, recibirán de su mano el complemento de que sean capaces. […]

Así es esa unidad interior, a la que corresponden todas nuestras unidades particulares y de la que la unidad universal espera, con más impaciencia todavía que nosotros, poder descansar tranquilamente. Así es esta mina inagotable, en la que no hay riquezas que no podamos encontrar en ella; pero que se ha hecho extraña a su propio propietario, porque los hombres, ávidos de ciencias externas, han sacado fuera todas las facultades de su espíritu, en vez de meterlas en ese interior que les hubiese enseñado todo y les hubiese prodigado todos los tesoros”. [HN 22]

sábado, 4 de agosto de 2012

Mysterium Magnum. Jacob Böhme


“…los minuciosos tesoros de nuestro amigo B [Böhme], 
a quien, en conciencia, no puedo creer en la escasez…”
Carta de L.-C. de Saint-Martin a Kirchberger,
19 de Junio de 1797

Mysterium Magnum

«Breve extracto»

Jacob Böhme
(1575-1624) 

 De cómo el mundo visible es un flujo y
réplica de la ciencia y voluntad divinas.
De cómo ha surgido toda vida de
creatura, y de cómo es el aspecto
externo e interno de Dios.

1. Toda esencia y vida sensible ha venido del MYSTERIUM MAGNUM, como de un flujo y réplica de la ciencia divina; en lo que hemos de com­prender dos cosas, la libre voluntad del abismo y el uno esencial de la vo­luntad, y cómo ambos son una réplica del abismo en cuanto fundamento de revelación divina; cómo son dos y sin embargo sólo uno, y de ellos ha sa­lido el tiempo y el mundo visible junto con todas las criaturas, y han entra­do en una hechura.

2. El uno único es la causa de la voluntad, lo que hace que la voluntad quiera algo, y ésta no tiene nada que querer, sino a sí misma, para funda­mento y morada de su yoidad: no tiene nada que pueda captar, excepto el uno, en el que se capta en una yoidad; y esa actuación no sería una esencia visible si no saliera a través de la voluntad.

3. La salida ahora es un espíritu de la esencia y de la voluntad invisibles, y una revelación del abismo por medio del fundamento de la unidad, por cuya salida la voluntad del abismo se arroja al abismo, como un mysterium de omnisciencia; con esa salida se entiende la causa y origen de toda divi­sión de la unidad de la voluntad única, abismal, por medio del fundamen­to propio de su identidad autocaptada; también el comienzo eterno del movimiento y causa de la vida, cuyo movimiento es un incesante deseo de la voluntad: pues la voluntad mira la propiedad a través del movimiento y causa de la vida, y cómo la unidad, a través del movimiento de la voluntad, reposa en multiplicidad infinita, al modo y manera como el ánimo es una unidad y fuente de los sentidos, ya que una profundidad así de la multipli­cidad surge del ánimo único, siendo los sentidos incontables.

4. Por medio de esta triple unidad consideramos la esencia de Dios: por la unidad al Dios único; por la voluntad al padre; y por la disposición de la voluntad como asiento de la mismidad, como el eterno algo que allí actúa, o con el que la voluntad actúa, al hijo o fuerza de la voluntad; y por la sali­da, al espíritu de la voluntad y de la fuerza; y por la réplica se comprende la sabiduría del conocimiento, de donde han surgido todos los fenómenos y criaturas, y eternamente surgen.

5. Del movimiento de esta esencia invisible, real, del flujo de la ciencia eterna, ha surgido el conocimiento, donde el deseo se contempla y se in­troduce en un deseo de configuración; en ese deseo ha surgido el funda­mento natural y creatural de toda vida y todos los seres, puesto que el de­seo ha captado y encerrado en propiedad el flujo de la ciencia: de ahí han nacido dos voluntades diferentes, una, de la ciencia divina; la otra, de la propiedad de la naturaleza, puesto que las propiedades se han introducido en una voluntad propia, y se han imprimido el carácter de propiedad y de la voluntad propia, y se han hecho ásperas, aguzadas, punzantes y duras, de modo que de tales propiedades ha surgido de la ciencia enemistad y oposi­ción a tales propiedades; tal como en las propiedades del demonio, igual que en las ásperas tierras, piedras, criaturas, puede verse cómo las propiedades se han alejado de la unidad y han ido a una impression: por lo cual so­portan en este tiempo la separación o escapada de la voluntad divina, y han de estar en esa impression hasta el día de la recuperación.

6. Lo que hemos de considerar ahora primordialmente es el alma del hombre, que es una imagen o réplica de la ciencia divina, como réplica del conocimiento divino y natural, ya que el fundamento de todos los seres re­posa en el uno, que se hace divisible con la voluntad que sale del alma, y se manifiesta, de modo que reconocemos claramente cómo el alma es una fuente del bien y del mal, cosa que la Escritura también nos indica al mos­trarnos cómo la caída y la perdición surgieron del deseo de propiedad de las propiedades; por eso nos resulta necesario en extremo que aprendamos a conocer cómo desde la propiedad adoptada, en la que tenemos tormen­to, necesidad y dolor, conseguimos entrar en la unidad, es decir, en el fun­damento y origen del alma, donde el alma pueda descansar en su funda­mento eterno.

7. Ninguna cosa puede reposar en sí misma, a no ser que vuelva a entrar en aquello de lo que salió: el alma ha pasado de la unidad a un deseo de sensibilidad para probar la división de las propiedades; por eso ha surgido en ella la división y la oposición que dominan ahora el alma: y no conse­guirá liberarse de ello mientras no abandone en sí misma el deseo de las propiedades, y vuelva a obligarse a entrar en la quietud más grande, y de­see acallar su querer, es decir, que la voluntad, por encima de toda sensibi­lidad y figuración, se abisme en la voluntad eterna del vacío, de la que sur­gió originariamente el Mysterium Magnum, de modo que ya no quiera nada en sí misma, sino lo que Dios quiere por medio de ella; así está ella en el fundamento más profundo de la unidad: de modo que si quiere permane­cer dentro un instante, sin movimiento del propio deseo, la voluntad del abismo, por movimiento divino, le habla dentro, e incorpora en sí, como propiedad suya, su voluntad abandonada, e implanta en ella el ens de la eterna captabilidad del aposento de Dios, es decir, el uno esencial.

8. Y así como la voluntad de la eterna divinidad sale eternamente a tra­vés del espíritu y produce una réplica del abismo, así también la voluntad abandonada del alma es iluminada y conducida sin cesar por la captabili­dad divina, por la voluntad divina: y así, el alma humana, en la voluntad de Dios, en la ciencia y conocimiento divinos, domina sobre todas y por todas las cosas: respecto a lo cual dijo Moisés que ella habría de dominar sobre todas las criaturas del mundo. Al igual que el espíritu de Dios va a través de todo y prueba todo, también el alma iluminada consigue dominar sobre y por todas las propiedades de la vida natural, y someter las propiedades, e introducir en la razón desde la ciencia divina la más alta sensibilidad, como dice San Pablo: El espíritu explora todas las cosas, también lo profundo de la divinidad (1 Cor 2:10). Y con tal introducción de la voluntad divina, el hombre vuelve a ser unificado con Dios, y renacido en el alma, y se empe­ña en morir a la propiedad del falso deseo con el fin de renacer con nueva fuerza.

9. De modo que entonces la propiedad lo ata a la carne, pero con el al­ma camina en Dios, y en el viejo hombre nace un nuevo hombre espiritual de voluntad y sentido divinos, que mata diariamente el deseo de la carne, y, por la fuerza divina, hace del mundo, como vida exterior, el cielo, y del cielo, como mundo interior espiritual, el mundo visible, es decir, de modo que Dios se hace hombre, y el hombre, Dios, hasta que el árbol llega a su mayor altura y produce sus frutos a partir del Mysterium Magnum, de la cien­cia divina; es entonces cuando desaparece la vieja corteza y surge un árbol espiritual de la vida en el campo de Dios.